Esto pasa en Madrid (España)

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José Manuel Dolader. 

Todos los días escuchamos en los medios de comunicación o a alguien conocido decir que muchos de los problemas que tiene esta sociedad es porque carecemos de herramientas para mejorar nuestra inteligencia emocional. No les falta razón, pero también podemos decir que no nos enseñan a valorar lo que tenemos, seguramente porque no conocemos el sufrimiento de las personas que solo tienen unos cartones para dormir y con suerte el cobijo de una callejuela o pasaje para abrigarse del frío invierno que tenemos en Madrid.

Madrid es una ciudad muy solidaria y con unos servicios sociales que atienden a centenares de personas cada día que no tienen una cama donde dormir. Pero tenemos a otros centenares de personas que duermen en un lugar en el que ninguno querríamos estar: la calle.

Este pasado viernes un grupo de voluntarios de la Asociación la Barandilla y la Asociación Corazón y Manos ha salido como todos los años a dar un apoyo y a aprender de esas personas que carecen de todo lo que nosotros tenemos en muchas ocasiones.

Un voluntario de Corazón y Manos distribuyendo las bolsas de abrigo por distintos barrios.

Carecen de amigos o, en la mayoría de los casos, simplemente comparten una zona para sentirse protegidos de los demás, pero sin tener una estrecha relación con sus vecinos de desgracia. Muchos sufren alguna patología, y en la mayoría de los casos adolecen de una pobre salud mental. Muchos carecen de buena ropa de abrigo o están expuestos a la lluvia si les pilla durmiendo, etc.

De esta experiencia con las personas sin techo, lo primero que comprenderemos es que muchos de nosotros podríamos estar como ellos, en la calle.

Ana Lancho, presidenta de la Asociación la Barandilla, con un grupo de voluntarios repartiendo en distintas zonas las bolsas de abrigo.

Un joven de 27 años lleva varios años malviviendo y luchando por una vida muy dura para él. Con pocos años lo apartaron de sus padres alcohólicos y lo llevaron a una casa de acogida. A los 18 años lo sacaron a la calle y desde entonces ha ido trabajando donde ha podido, hace un par de años tuvo un accidente con la bicicleta de reparto y se quedó sin ingresos, tuvo que vender la bicicleta y ahora vive en un paso subterráneo al lado de la Plaza de España. Confía en poder encontrar un día un nuevo trabajo.

En otra plaza cercana a Callao viven dos amigos, que los encontramos cenando en un banco, teniendo a escasos metros sus dos tiendas de campaña. Uno de ellos parece resignado a llevar esta vida, mientras que su compañero más animado indica que él no va a ningún albergue porque tiene dos gatos y un perro, y es más feliz con ellos que con las personas. Nos sorprende cuando afirma con rotundidad que después de llevar nueve años viviendo en la calle, prefiere los inviernos que los veranos, ya que ahora se abriga y puede dormir, pero en verano no tiene forma de dormir con el calor que tenemos en Madrid.

Una señora durmiendo sola en una calle cercana a la Gran Vía madrileña.

En una plaza donde los jóvenes se divierten y disfrutan de Madrid, vemos a dos voluntarias entregando una bolsa y hablando con una señora de Lugo que después de llevar 11 años viviendo en la calle, ahora está feliz porque tiene una habitación para dormir y lavarse. Pide en la calle y está sola porque «hace lo que quiere». Comenta que comía en comedores sociales y se puso mala por el colesterol.

Nadie está ajeno a poder sufrir un problema de salud mental y romper con la sociedad, aunque seguro que el SAMUR que hace una gran labor con la mayoría de esas personas podría explicar qué llegó antes a estas personas: ¿la calle o los problemas de salud mental?

Madrid cuenta con una amplia red de entidades sociales, que por zonas y por turnos suelen pasar a visitar a estas personas varias veces por semana.

Un dominicano que agradeció la visita de estos voluntarios y la entrega de la bolsa solo quiere indicar que lleva 9 años en España, pero ahora está atravesando por un gran problema que no tiene fuerzas para explicar.

En otras zonas de Madrid podremos localizar a grupos de personas de Rumanía que se han agrupado para compartir unos soportales o una plaza, o si vamos a la iglesia de San Antón podremos conocer a varias personas sin techo que en estos momentos y por culpa de situación económica adversa han pasado de llevar una vida convencional a tener que vivir de la caridad y el apoyo de los demás. Luchan cada día por poder volver a tener una vida como la que tenemos nosotros. Les encantaría levantarse por las mañanas y ducharse con agua caliente en su baño, aunque tuvieran que ponerse unos minutos antes la estufa porque su situación económica no les permitiera vivir en un piso con calefacción.