Un documental muy real: La historia de mujeres en prisión por delitos de drogas

nacho diaz

Nacho Díaz.

A todos aquellos que, de algún modo, después de haber visto Narcos o la más reciente  El Chapo pudieran sentir algún tipo de simpatía, o incluso envidia de la enferma virilidad y poder absoluto de esos canallas me gustaría recomendarles La historia de mujeres en prisión por delitos de drogas,  realizada por WOLA (Washington Office on Latin America) Equis: Justicia para las Mujeres, y  Scopio en tres cortometrajes de unos ocho minutos cada uno, filmados en el Centro de Internamiento Femenil de Tanivet en Oxaca, México.

Lejos de ser las glamurosas y esculturales mujeres con las que esos criminales bebían champán a raudales y consumían su propia mercancía en grandes cantidades, las protagonistas de estas historias  acabaron encerradas, entre otras razones, por intentar conseguir 4.500 pesos para pagar una tomografía de un bebe de cuatro meses que no podía sujetar la cabeza y al final resultó tener parálisis cerebral.

Otras fueron víctimas del engaño de sus parejas, quienes les prometían cuidar de sus hijos si ellas asumían la autoría de los trapicheos cometidos por ellos mismos, a pesar de que después los muy ruines acabarían también  por abandonar a los críos, dejando que ellas se pudriesen en la cárcel.

Evidentemente, aunque nadie en su sano juicio pueda concluir que un conjunto de operaciones menores de narcotráfico con un beneficio neto para una mula de   4.500 pesos pueda constituir un grave delito contra la sociedad, para las jueces mexicanos tal afrenta lleva impuesta una pena de casi 10 años convirtiéndola en algo carente de cualquier tipo de lógica, máxime en un país donde los narcocorridos exaltan a los señores  de las drogas como héroes populares, defensores de los pobres para más INRI.

A lo mejor se podría encontrar algún atisbo de razón, por cruel que esto parezca, si se tuviera en cuenta que todas estas mujeres son indígenas y pobres, y que su envió a prisión constituye una forma segura de exterminio social de esa población.

Que nadie se lleve las manos a la cabeza.

Sucesivas administraciones de los EEUU han hecho lo mismo con los afroamericanos más desfavorecidos, levantando todo un complejo industrial de prisiones muy lucrativo, basado en el social cleansing al que me refiero, que necesita seguir encarcelando a los más débiles para aumentar su beneficio.

Todas las protagonistas de estas historias y muchas otras que les hacen compañía por delitos similares fueron abandonadas a la vida de unas formas tan salvajes como brutales.

A una de ellas sin ir más lejos la violaron cuando tenía 14 años  y a otra  la vendieron sus padres cuando tenía 20 a un hombre casado que la deseaba pero, que por estar casado, no podía hacerla su esposa.

El beneficio de la transacción curó y reparó el honor de los progenitores humillados aunque a su hija de nada le sirvió pues acabó en la calle, sin un sitio a donde ir, cuando su dueño la abandonó, muy a pesar de que a su familia le había reportado la ganancia de 20.000 pesos malditos.

Otra sin ir más lejos solo conoció el pedir para vivir desde muy niña.

Acostumbrada a pedir 200 pesos un día, 500 cuando esos se acaban, o lo que fuese cuando tocaba y los necesitaban su madre, sus hijos y sus hermanos, un buen día ocurrió que alguien la invitó a un viaje con la condición de que llevase un pequeño paquete de marihuana, ofreciéndole una mísera cantidad de dinero a cambio.

En el viaje la detuvieron y a su acompañante no le pasó nada.

Algo semejante, que me hizo preguntarme quien entre narcos y policía tenía la sangre más fría, le sucedió a otra mujer cuando fue obligada a transportar un pequeño alijo en un autobús con su hijo para no despertar sospechas y, tras ser detenida, fue también obligada a desnudarse de la manera más despótica  aun cuando ya había confesado su crimen y entregado toda la mercancía.

Sintiéndose humillada por tener que despojarse de la ropa ante tanto salvaje, su desasosiego se hizo todavía mayor cuando tuvo que escuchar de la boca de un agente que le iban a quitar a su pequeño para dárselo a una familia que lo quisiese de verdad.

De nada sirvió, como cuenta en el corto con las mismas lágrimas que derramó ante aquellos policías que, precisamente, hacía lo que hacía por su hijo ya que no tenía otra forma de mantenerlo por haberle sido negadas todas las oportunidades y derechos básicos desde su nacimiento.

Denunciar todas estas aberraciones, mezquindades y abusos contra los derechos humanos de las victimas mas explotadas del mundo de las drogas, tanto a manos de los narcos como por las de las autoridades, cuyos delitos apenas tienen valor económico, además de no generar ningún otro tipo de violencia más que la que contra ellas se comete y, por colmo, ésta queda impune  es el último intento de un grupo de trabajo internacional, integrado por Wola y el IDPC entre otros,  constituido para encontrar una solución real al problema derivado de las Mujeres, Políticas de Drogas y Encarcelamiento en las Américas, que vengo siguiendo desde que hace ya unos años cuando una de sus fundadoras me habló larga y tendidamente sobre él, recién llegada de una de sus reuniones iniciales.

En aquel momento escribí sobre la presentación del primer informe del grupo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos detallando el alarmante incremento de un 300% de mujeres encarceladas por delitos menores de tráfico de drogas en aquella región.

Hoy, contento por ver como el proyecto va avanzando después de que me mandaran el enlace de los cortos el pasado martes, vuelvo a escribir sobre el tema para seguir llamando la atención sobre un problema serio de desigualdad entre criminales de primera como son los hombres narcotraficantes, que siempre se van por peteneras, y sus mulas esclavas inocentes, las cuales sufren las consecuencias de los excesos de sus amos, pidiendo que se haga justicia para que se lleven a los negreros a la jaula y dejen que se consuman en ella, no sin antes abrir las puertas para que todas sus víctimas puedan salir sin tener que volver la vista atrás.

Todo esto podría pasar si los gobiernos latinoamericanos siguieran el modelo de descriminalización de las drogas iniciado en Portugal en el 2001, y dedicaran los beneficios de su venta a reconstruir las comunidades más dañadas por los estragos cometidos durante su prohibición dejando, eso sí, a los explotadores encerrados por tratarse de autores consumados de crímenes de violencia de género, pese al inmenso glamur mediático  que los rodea.